Mi recorrido profesional comenzó en el mundo que parecía lógico para mí en ese momento: me formé en Economía y luego en Derecho, y trabajé durante años en empresas del mercado financiero, en entornos donde la exigencia, la estrategia y los resultados eran la medida de todo. Aprendí a pensar en términos de escenarios, riesgos y decisiones. Era un espacio de alta responsabilidad, donde la claridad y el rendimiento eran centrales, y donde construí una parte importante de mi identidad.
Más adelante decidí ejercer como abogada en mi propio estudio, enfocándome en el derecho laboral. Ese paso implicó mayor autonomía y también mayor contacto con las historias de las personas: conflictos en el trabajo, tensiones en los vínculos, decisiones que impactaban en la vida cotidiana. En cada proceso confirmé algo que ya intuía: más allá de lo técnico, el factor humano siempre es determinante. La manera en que interpretamos lo que nos sucede, cómo conversamos y cómo gestionamos nuestras emociones influye mucho más de lo que solemos reconocer.
En paralelo, mi vida personal también se transformaba. Soy madre de dos hijos, y esa elección redefinió mi manera de entender el éxito y la responsabilidad. La maternidad me obligó a revisar certezas y a aceptar que la planificación y el control —tan valorados en el ámbito profesional— no siempre organizan la vida como imaginamos. Aprendí sobre presencia, límites y vulnerabilidad, pero sobre todo sobre coherencia: vivir en línea con lo que decimos que es importante.
Con el tiempo, esa sensibilidad por lo humano dejó de ser solo una intuición y se convirtió en búsqueda consciente. Quería comprender en profundidad cómo se construyen nuestras creencias, cómo se sostienen ciertos patrones y, sobre todo, cómo se transforman. El coaching ontológico me dio un marco y una práctica para integrar todo lo que había aprendido: estructura, pensamiento estratégico y, al mismo tiempo, una mirada profunda sobre el lenguaje, las emociones y los vínculos.
Hoy entiendo que aprender, diseñarnos y transformarnos no es un evento aislado, sino una decisión constante. Somos responsables de nuestras interpretaciones y, desde allí, de nuestras acciones. Si estás en un momento en el que lo que te funcionó hasta ahora ya no alcanza, quizás no se trate de hacer más, sino de revisar desde dónde estás haciendo. La posibilidad de cambio no está afuera: está en la manera en que elegís mirarte y actuar. Ese proceso, acompañado de claridad, propósito y acción consistente, nos habilita a rediseñar nuestro modo de estar en el mundo y a construir, con mayor conciencia, la identidad y los resultados que queremos sostener.